La controversia desatada con motivo de los presuntos desvaríos que han sufrido varios millones de euros a que inexplicablemente se han adherido a las manos del emérito monarca Juan Carlos Iº y que, al parecer, han ido a engrosar su fortuna particular o la de alguna amistad íntima, han vuelto a poner en tela de juicio la conveniencia o no de sustituir el sistema monárquico por uno republicano.
Antes de seguir adelante es bueno definir los términos monarquía y república. La primera viene del latín (Mono y Arquía), significa el gobierno de uno sólo, aunque es signo de los tiempos la intrusión del parlamentarismo en los sistemas monárquicos modernos. República, del latín (Res y Pública) es otra forma de gobierno ajeno al anterior. También es cierto que han existido numerosas repúblicas que para nada han hecho honor al nombre que ostentan, y poco o nada han tenido de gobierno del pueblo, que de ahí viene la palabra público/a.
Para los que consideramos más adecuado el sistema republicano, nos parece que llega con los cuatro reyes de la baraja y el día de Reyes en enero. Esto no quiere decir que la concepción republicana ha de ser una opción de inspiración bolchevique capaz de pasar por las armas a la familia real. Esa es la imagen que interesadamente se ha dado en España de esta opción.
Llegados a este punto conviene hacer alguna precisión. Personajes tan curiosos como los generales Francisco Franco, Queipo de Llano, juraron fidelidad a la II República. Del mismo modo, personalidades poco sospechosos de izquierdistas como Gil Robles, dirigente de la CEDA, Lerroux al frente del partido radical, y luminarias de la época de talante conservador como Marañón, Ortega y Gasset, Unamuno, etc. admitieron que el régimen republicano era superior, y más adecuado para la siempre convulsa España, que el sistema monárquico.
Evidentemente este asunto siempre es motivo de encendida polémica pero hay datos abrumadores a favor de la concepción republicana a lo largo de todo el siglo XX en el devenir europeo. Grabados y fotografías del primer cuarto de esta centuria recogen la imagen de unos veinte soberanos europeos, hoy reducidos a ocho casas reales. Alemania, Francia, Rusia, Montenegro, Bulgaria, Rumania y un largo etcétera tuvieron este cambio de régimen que continuará inevitablemente.
Esta tendencia inexorable e irreversible para nada tiene que ser un paso traumático. A nada conduciría sumir el país en un conflicto entre simpatizantes de ambas tendencias. Pues en el caso español, dado el descrédito en que monarcas como Fernando VII “el Felón”, Isabel II la de “los tristes destinos” capaz de sustentar negocios y esclavismo en Cuba o los actuales escándalos económicos del rey emérito, suscita un cambio tranquilo hacia un régimen republicano, sin retorno, donde la familia real pase a ser una familia más, sin privilegios ni asignaciones.
Por una conciencia culposa estos temas causan sarpullidos entre los partidos mayoritarios, de los que no se sabe si persiguen el bien público o bien persiguen salvaguardar los intereses de sus promotores y correligionarios. Sorprende escuchar al actual presidente de gobierno, Pedro Sánchez, presunto socialista, cuando afirma el oxímoron de que siente un monárquico de corazón republicano, concede nueva vigencia a la frase lapidaria pronunciada por Don Estanislao Figueras, primer presidente de la primera República española, cuando exclamó: “Señores, voy a serles franco: estoy hasta los cojones de todos nosotros”.
La polémica no es nueva, más bien es una constante en la dinastía borbónica desde que pasó a ocupar el trono español. Las dos últimas ocasiones en que los monarcas, Isabel II y Alfonso XIII fueron desplazados de su reinado, fueron seguidas de la 1ª y la 2ª República, respectivamente, si bien, en el caso de Isabel fue inicialmente por un lapsus que supuso la entronización de una dinastía ajena, representada por Amadeo de Saboya, que aguantó en su cargo poco más de dos años en una España decimonónica extremadamente convulsa.
Desde el advenimiento de los Borbones a España en el siglo XVIII, único que transcurriría para ellos sin grandes sobresaltos, nunca han tenido otro siglo en que alguno de sus miembros no haya estado ausente de España. Concretamente en el XIX sucedió en dos ocasiones. Si bien hay que reconocer que siempre han regresado a su puesto de las más variopintas maneras y siempre a manos de monárquicos que quieren hacer seguir valiendo sus privilegios.
A la dinastía borbónica le cabe el dudoso honor de regentar un país mientras su imperio s desmoronaba y su palmarés, salvo los claroscuros de Carlos III acreditan una pobre hoja de servicios así como escribir algunas de las páginas mas bochornosas de nuestra historia.
