UNA ALEGORÍA EN SOLFA
Hace años dos muchachos, poco versados en los principios de la vida, comienzan sus estudios en medicina. Su primer contacto con la praxis médica se produce un día durante la resolución de un parto. El paritorio tiene una cúpula de cristal que permite a los futuros facultativos apreciar con detalle desde el exterior las evoluciones obstétricas. Por alguna extraña circunstancia, ese día, ambos son los únicos espectadores privilegiados que pueden seguir con todo lujo de detalles las laboriosas maniobras de extracción de la criatura.
El parto se complica y los obstetras han de emplearse a fondo y no pueden por menos que recurrir al fórceps para, costosamente, acabar extrayendo al neonato. Según las buenas prácticas, el doctor responsable cuelga por los pies a la criatura y procede a darle unos azotes en el culo para que llore y favorecer así la expulsión de flemas que puedan estar atascando sus vías respiratorias y con ello también favorecer la respiración.
Asombrado por toda la escena, uno de los ingenuos estudiantes se vuelve hacia su compañero y exclama con incredulidad. ¿Has visto lo que le han hecho a ese pobre niño? ¡Vaya azotaina que le han propinado nada más nacer! A lo que el otro contestó comprensivo con el desarrollo de los acontecimientos, observados con todo detenimiento y atención: ¡También mira en que sitio fue a meterse la criatura!
El chiste no es muy bueno, lo reconozco, pero es muy ilustrativo de la situación por la que León atraviesa. Sólo es cuestión de asignarles personas reales a los personajes ficticios y la alegoría está completa. Los padres de la criatura de este chascarrillo y que no aparecen en escena están fallecidos unos, reclamados por la justicia argentina otros, etc. La criatura es evidentemente León que se halla en el vientre de la madre que vendría a ser Castilla y León.
Pero esta alegoría tiene algún punto débil. La criatura aún no ha visto la luz por eso cada vez es menos perceptible y ya apenas si se dice Castilla y León, se dice autonomía castellanoleonesa o directamente se despacha la totalidad como Castilla y listo. La lucha por su alumbramiento es un parto laborioso que requiere de defensores de su identidad que han de luchar con fórceps y desalentadores trabajos. Y todo por la triste gracia de quienes, debiendo ser sus comadronas, esperan ver pudrirse y reabsorberse al “nasciturus” en el útero.
Y no busquemos la causa de la “no nacencia” fuera de León, sigue estando en casa, entre los que les da igual el tema o directamente son sus enemigos declarados, bajo la falsa apariencia de ser abanderados de su bienestar. Castilla como entidad, no los castellanos, sólo se ha aprovechado de las innegables ventajas que tenía incorporar los recursos toda la región leonesa. Sus prebostes, los “chupasangre” de siempre, conviven con nosotros, ostentan cargos con nuestros votos y pasean con gallardía su insensible mezquindad por nuestras calles.
En la mente de todos nosotros están los ayuntamientos que han votado en contra del alumbramiento de la criatura, de nuestra emancipación. ¿Qué noticias llegan de casi la tercera parte de León llamada el Bierzo? ¿Acaso piensan los leoneses bercianos que les irá mejor seguir en el actual estado de cosas que en un León autonómico? Bercianos hay que tienen claro el siete que sus alcaldes y concejales les están haciendo, pero es lo que tenemos.
Y no quisiera terminar sin una reflexión en voz alta. ¿Hemos parado a pensar que la gestación de Castilla y León comenzó en un orgasmo miserable donde nos entraron como borregos en un redil que sabían nos repugnaba? Pero revertir el descalabro de otrora nos está costando sangre, sudor y lágrimas y no tenemos la completa certeza de poder asistir a este “renacer” .
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